
Don Draper no es
santo de mi devoción pero tampoco es ese ser que desprecio con cada fibra de mi
ser. A veces es el generador de arcadas, otras de empatía y es esa imprecisión
en su ser lo que lo convierten en el personaje más complejo de Mad Men, tan complejo que aún con cinco
temporadas en su haber no se sabe si se le desprecia o aprecia.
Pero basta con
asimilar lo ocurrido recientemente para que todo quede un poco más claro:
es repulsivo. Ya no por sus acciones, sus dichos o sus gestos (o falta de
ellos) sino por su constante incongruencia como persona.
Populacheramente,
Draper es la representación del “tira y encoge”. Quien da un paso al
frente y luego uno atrás. Durante seis años se ha balanceado entre decisiones
que lo han dejado en evidencia, pero nunca como en los últimos episodios de la
sexta temporada.
Al exclamar el
fulminante “I want to stop doing this”
recostado en una cama luego de haberle sido infiel a su esposa por enésima vez,
por fin declara y acepta (para sí y para el espectador) que enfrenta un problema
de adulterio crónico e irrespeto mutuo. Con esa frase nos ilusiona con que
tomará un camino más sensato para vivir lo que serán sus últimos años de vida
de una manera más tolerable para su conciencia o lo que sea que tenga. Pero no.
Se nota que a
Matthew Weiner, amo y creador de la serie, se le enrolla el hilo de su
personaje más complicado tratando de convertirlo en una víctima de las circunstancias.
Pero cómo serlo si luego de mostrarse triste y decaído, Draper es capaz de desprestigiar
la carrera como actriz de su esposa Megan, al juzgarla por besar a otro hombre
en pantalla mientras él se revuelca con otra mujer que no es más que la vecina
de abajo. Cómo ser un mártir cuando por un capricho personal desestima el
sacrificio y humillación que sufrió Joan para formar parte de la junta
directiva de la agencia. Más allá del machismo de la época, es su falta de
integridad y sensibilidad lo que indigna.
Agota verlo ya
sufrido, incomprendido y cansado, mientras mantiene sus manías y permanece con
aire de moralidad superior y arrogancia.
Ya cuando se le
ve arrodillado llorando por quién-sabe-qué por cualquier pasillo, ya sólo dan
ganas de que siga sufriendo por lo que sea que haya hecho. Que el karma haga lo
suyo aunque no estuviese de moda en los setenta.
Que quede claro: Don Draper no es
un mártir, es un martirio.