mayo 08, 2013

El falso mártir


Don Draper no es santo de mi devoción pero tampoco es ese ser que desprecio con cada fibra de mi ser. A veces es el generador de arcadas, otras de empatía y es esa imprecisión en su ser lo que lo convierten en el personaje más complejo de Mad Men, tan complejo que aún con cinco temporadas en su haber no se sabe si se le desprecia o aprecia. 

Pero basta con asimilar lo ocurrido recientemente para que todo quede un poco más claro: es repulsivo. Ya no por sus acciones, sus dichos o sus gestos (o falta de ellos) sino por su constante incongruencia como persona.

Populacheramente, Draper es la representación del “tira y encoge”. Quien da un paso al frente y luego uno atrás. Durante seis años se ha balanceado entre decisiones que lo han dejado en evidencia, pero nunca como en los últimos episodios de la sexta temporada.

Al exclamar el fulminante “I want to stop doing this” recostado en una cama luego de haberle sido infiel a su esposa por enésima vez, por fin declara y acepta (para sí y para el espectador) que enfrenta un problema de adulterio crónico e irrespeto mutuo. Con esa frase nos ilusiona con que tomará un camino más sensato para vivir lo que serán sus últimos años de vida de una manera más tolerable para su conciencia o lo que sea que tenga. Pero no. 

Se nota que a Matthew Weiner, amo y creador de la serie, se le enrolla el hilo de su personaje más complicado tratando de convertirlo en una víctima de las circunstancias. Pero cómo serlo si luego de mostrarse triste y decaído, Draper es capaz de desprestigiar la carrera como actriz de su esposa Megan, al juzgarla por besar a otro hombre en pantalla mientras él se revuelca con otra mujer que no es más que la vecina de abajo. Cómo ser un mártir cuando por un capricho personal desestima el sacrificio y humillación que sufrió Joan para formar parte de la junta directiva de la agencia. Más allá del machismo de la época, es su falta de integridad y sensibilidad lo que indigna.

Agota verlo ya sufrido, incomprendido y cansado, mientras mantiene sus manías y permanece con aire de moralidad superior y arrogancia.

Ya cuando se le ve arrodillado llorando por quién-sabe-qué por cualquier pasillo, ya sólo dan ganas de que siga sufriendo por lo que sea que haya hecho. Que el karma haga lo suyo aunque no estuviese de moda en los setenta.

Que quede claro: Don Draper no es un mártir, es un martirio.