
Nacer con el calificativo de ser el “Glee para adultos” no es la mejor manera de comenzar una historia en televisión, a pesar de que era inevitable que una serie musical no fuese comparada con la de los perdedores que cantan en un coro de la escuela.
Pero nada más alejado de la realidad. En Smash no hay hits del momento, problemas sacados de bajo de la manga o excusas para cantar una canción. Lo que sí hay es una trama sencilla pero ambiciosa, con personajes que simpatizan y un relato que contar sobre un ícono pop.
Al ser calificada como una serie musical lamentablemente Smash se encasilló, cuando en realidad la serie no se basa en la música para darle vida a su historia, al contrario, la historia le da vida a la música. Por eso usa a Broadway como escenario y se alimenta del ideal por crear algo grandioso: un musical que honre la figura de Marilyn Monroe, donde se presenta su ascenso, éxito y desilusiones.
Todo se trata de la persecución de un sueño neoyorquino: buscar el éxito, ser parte de él, alcanzar el reconocimiento y ser una estrella. Una premisa idealista y cautivadora, aunque no lo suficiente como para permitirse el ascenso a sí misma al éxito televisivo.
Pero todo esto no le resta lo elegante e interesante a la serie. Al ver un par de episodios se puede notar que se trata de un producto hecho con afecto para el público y no hecho a la medida para el mismo. La pasión en sus personajes es el ingrediente más importante y se refleja en el rostro de los interpretados por Debra Messing, Katharine McPhee y Megan Hilty, quienes demuestran ferozmente su lucha por hacer realidad su sueño.
Smash no es ni será el éxito de la temporada, pero parece claro que tampoco tenía la intención de serlo. Aún así logró obtener una segunda temporada, donde se verá obligada a demostrar con mayor esfuerzo lo que en realidad es: espectáculo y entretenimiento con un toque humano a lo Spielberg, muy alejado de una coreografía perfecta al peor estilo de los gleeks.