Tal vez el sol está saliendo finalmente, acabando con todo vestigio de vampiros. Después de su paso por los libros, el cine y la televisión, parece ser el momento adecuado para clavarles una estaca en el corazón. Y la quinta temporada de True Blood parece el anuncio perfecto para hacerlo.
Luego de iniciar con un resumen previo de más de tres minutos de duración para ayudar al espectador a ubicarse en el absurdo mundo de True Blood, uno debe de imaginar que algo anda mal. La enrevesada historia de Alan Ball se ha convertido en una criatura deforme que balbucea, por eso necesita todo ese tiempo para explicarse, para recordar por todo lo que ha pasado y para que lo incoherente no lo parezca tanto. Porque una historia de vampiros, fantasmas, hombres lobo y chamanes mexicanos no podría ser poco confusa jamás.
Cuando todo comenzó como un idilio entre una humana (o hada) y un vampiro y ahora todo se envuelve en una lucha religiosa entre cadáveres chupasangre, ya no queda duda: el rumbo del barco se perdió. Ya a nadie le interesa lo que pase con Sookie y Bill, porque en ese afán de querer ser tan morbosos como polémicos nacieron todos esos personajes e historias secundarias inútiles e insípidas como la de la manada de Alcide, la niñera fantasma o el pasado de guerra de Bellefur. Cosas que no sirven ni de adorno.
A pesar de todo esto HBO le aseguró una sexta temporada a los vampiros, tal vez para tomar un rumbo y redimirse. Aunque a estas alturas parece algo imposible.
Podríamos pecar de ilusos al pensar que tantos tropiezos son fallos de guión o torpeza del reparto. Lo que sucede es que con True Blood hay que estar conscientes de que lo que se está viendo ha sido meticulosamente preparado y nada es casualidad, ni siquiera los pésimos diálogos que le dan un tinte tragicómico de vez en cuando. Porque True Blood siempre ha sido así: decadente y mórbida intencionalmente, eso es lo que la hace entretenida, sólo que ahora también puede llegar a ser tan absurda, como ridícula.
Luego de iniciar con un resumen previo de más de tres minutos de duración para ayudar al espectador a ubicarse en el absurdo mundo de True Blood, uno debe de imaginar que algo anda mal. La enrevesada historia de Alan Ball se ha convertido en una criatura deforme que balbucea, por eso necesita todo ese tiempo para explicarse, para recordar por todo lo que ha pasado y para que lo incoherente no lo parezca tanto. Porque una historia de vampiros, fantasmas, hombres lobo y chamanes mexicanos no podría ser poco confusa jamás.
Cuando todo comenzó como un idilio entre una humana (o hada) y un vampiro y ahora todo se envuelve en una lucha religiosa entre cadáveres chupasangre, ya no queda duda: el rumbo del barco se perdió. Ya a nadie le interesa lo que pase con Sookie y Bill, porque en ese afán de querer ser tan morbosos como polémicos nacieron todos esos personajes e historias secundarias inútiles e insípidas como la de la manada de Alcide, la niñera fantasma o el pasado de guerra de Bellefur. Cosas que no sirven ni de adorno.
A pesar de todo esto HBO le aseguró una sexta temporada a los vampiros, tal vez para tomar un rumbo y redimirse. Aunque a estas alturas parece algo imposible.
Podríamos pecar de ilusos al pensar que tantos tropiezos son fallos de guión o torpeza del reparto. Lo que sucede es que con True Blood hay que estar conscientes de que lo que se está viendo ha sido meticulosamente preparado y nada es casualidad, ni siquiera los pésimos diálogos que le dan un tinte tragicómico de vez en cuando. Porque True Blood siempre ha sido así: decadente y mórbida intencionalmente, eso es lo que la hace entretenida, sólo que ahora también puede llegar a ser tan absurda, como ridícula.