
Cuando la televisión se plagó de reality shows, no fue tarea difícil calificar al género como una basura banal de poco contenido y mucho drama sobreactuado, porque es algo no muy lejos de lo cierto.
Pero el género tan versátil también tiene un lado verdaderamente valioso, uno más humano y revelador.
The Amazing Race es uno de esos realities que regala ocasionalmente momentos espontáneos, gratos de disfrutar. Se trata de una carrera alrededor del mundo en la que varias parejas deben enfrentar ciertas pruebas con características del país donde se encuentren para poder avanzar en el recorrido y llegar a la meta. La última pareja en llegar es eliminada y el resto continúa en la siguiente etapa.
Como toda competencia, cuenta con sus dramas y riñas entre equipos y parejas, pero son momentos que nutren algo mayor: un largo camino por lugares exóticos y modernos, una pequeña muestra de diferentes civilizaciones y un poco de cultura general.
Cada ciclo tiene ese momento que te hace pensar en que la filantropía es el camino. Como una reciente muestra, en su 21era temporada, una de las parejas participantes perdió su fajo de dinero durante el recorrido (a las parejas se les otorga una limitada cantidad de dólares en cada etapa), impidiéndoles pagar transporte para movilizarse y avanzar, por lo que se vieron obligados a pedir limosna en una de las zonas más pobres de la ciudad de Daca en Bangladesh, donde personas muy humildes aupaban a los equipos en sus tareas. La grata sorpresa es que los lugareños acudieron a la ayuda de la pareja en problemas otorgándoles el dinero suficiente que necesitaban para abordar un taxi y continuar la carrera, justificando su aporte con un muy modesto pero humano “this is my country, you’re my guess”.
Tal vez parezcan pequeños detalles, pero al congregarlos enriquecen mucho la experiencia televisiva; ver el mejor lado de la humanidad en la realidad puede llegar a ser más refrescante y sorprendente que verlo en una ficción.
Pero The Amazing Race no sólo ofrece esas pequeñas experiencias, también nos permite ver la evolución (o destrucción) de la relación de las parejas participantes durante la exigente carrera, lo cual puede resultar trivial pero, ¿no es acaso lo que hacemos cuando vemos cómo evolucionan los personajes de una serie convencional?
Despreciar al género del reality show es injusto cuando sólo se mira la verdadera basura producida por cadenas como MTV. Pero hay shows que merecen la oportunidad de ser vistos, porque no sólo tienen algo que mostrar, sino algo que contar y compartir. Porque también hay que saber apreciar las pequeñas historias que ofrece la realidad.