“You can’t talk! You don’t have laringe!”
Nada mejor que volver a disfrutar de una historia para redescubrir su valor y apreciarla cada vez más.
Eso fue lo que me sucedió hace unas semanas cuando terminé de ver nuevamente Wonderfalls, una de las desafortunadas creaciones de Bryan Fuller, el creativo padre de historias cuyos futuros parecen marcados por la fatal cancelación.
Wonderfalls no pudo escapar de este destino (sólo sostuvo trece episodios antes de ser cancelada), pero aún así le fue imposible pasar desapercibida por arriesgarse en el 2002 a presentar una locura que refrescaría el género de la comedia y lo fantástico dándole vida al realismo mágico en la televisión.
Desde su estreno, fue vista con suspicacia por su premisa insensata: Jaye, interpretada por una insípidamente simpática Caroline Dhavernas, es una joven fracasada y graduada en filosofía que trabaja en una tienda de souvenirs frente a las cataratas del Niágara y que repentinamente comienza a recibir órdenes de objetos inanimados con formas de animales.

Peluches, dibujos y adornos empiezan a hablarle a Jaye para que haga cosas que desencadenarán una serie de eventos fortuitos que la convierten en una pieza fundamental para que la vida de muchas personas encuentre su cauce, mientras la suya se mantiene en un eterno limbo.
Se trata de un repertorio de historias creativas e ingeniosas donde los efectos especiales, la música original y un talentoso elenco (Diana Scarwid como la mamá de Jaye es memorable), se combinan para crear la atmósfera perfecta para la anti heroína que intenta resolver las situaciones con la ayuda de los consejos de objetos inanimados que ante nuestros ojos son carismáticos, llenos de personalidad, enigmáticos e irritantemente divertidos.

Wonderfalls fue atrevida, sobre todo al tratarse de un show que se ajustaba al ahora tan extraño formato de las comedias de una hora. Creó personajes y situaciones disparatas pero a la vez profundas y controvertidas que abrazaban temas como la homosexualidad y la religión de una manera tan ligera, que resulta más divertido que polémico.
Las desventuras de Jaye son una oda al absurdo y lo aleatorio, que siempre terminan con un toque humano y reconfortante que deja claro que después de todo, la locura tiene sentido. Como un preámbulo a esa magia que luego Fuller desarrollaría en la espectacular Pushing Daisies.
Lamentablemente su genialidad siempre fue irrespetada. Nada nuevo. Recibió un trato nefasto por FOX, la cadena responsable de su transmisión, al presentarla desordenadamente y dejando los últimos cuatro episodios de la temporada fuera del aire, impidiendo que realmente cultivara un público constante que le ayudara a mantenerse por más temporadas.
Por eso Wonderfalls terminó siendo otra serie de culto, incomprendida para su tiempo. Porque actualmente se mantienen al aire verdaderos disparates, demasiado fantásticos como ridículos, por los que Wonderfalls se hubiese podido colar y realmente destacar, pues tiene mucho más ingenio y mucha más sustancia. Tal vez sólo fue demasiado adelantada en su momento, uno tan obtuso como para no apreciar a un grupo de animales que hablan y crean bonitos recuerdos en el Niágara.