
Hay historias que irremediablemente son difíciles de compartir. Hay momentos que, aunque parezca egoísta, es mejor disfrutar en solitario porque están cargados con tanto significado que parecen más instantes personales.
Hay series de series, las hay de
las que no podemos dejar de hablar y de las que se disfrutan mucho mejor en
soledad. Una aparente contradicción porque una de las mejores cosas de la
televisión y sus historias es la oportunidad de compartirlas junto a otros.
Pero hay algunas que se tornan tan propias, tan introspectivas, tan intensas
que ganan su valía cuando se disfruta sin compañia.
Es radical, pero series como Hannibal o The Wire son tan pesadas y profundas que ameritan una concentración casi absoluta, porque un solo comentario puede causar la pérdida del hilo o la pista
importante para comprender un evento futuro. Son intrincadas pero envolventes,
con grandes personajes y tantos momentos que por cuenta propia, ya cuesta
llevarles el ritmo.
Otras como Six Feet Under o Rectify son
más poéticas, con personajes tan desarrollados que son empáticos y cuyas tramas
invitan a adoptar una posición más íntima y reflexiva sobre temas como la vida
y la muerte, incitando al espectador a reflexionar más que a opinar.
Por eso es que luego de vistas, compartirlas resulta
algo enriquecedor y no sólo entretenido. Intercambiar opiniones, ideas y momentos
puede ser algo bastante estimulante, pero de hacerlo en el mismo instante en
que se aprecia puede más que interrumpir, molestar.
No por nada la sabiduría popular
reza que es mejor estar solo que mal acompañado. Las historias están hechas
para ser contadas y compartidas. Pero no todas son para ser escuchadas y
disfrutadas en compañía. Porque como un buen vino,
disfrutarlo acompañado es agradable pero degustarlo es toda una experiencia
personal.