
A nueve años del estreno de Lost, es imposible no recordarla con
nostalgia. Pocos programas aparecen inesperadamente a ofrecer algo tan
entretenido, llamativo, complejo y pasional. Era de esas pocas series capaces
de generar comunidades para discutir cada capítulo, crear una legión de
seguidores y arraigarse en la moderna cultura popular. Era de esas que
producían intriga, suspenso, amor u odio al mismo tiempo (sobre todo si
aborreciste el final). Fue grande y decepcionante, brillante e imperfecta. Fue
una experiencia y como de toda experiencia, sea mala o buena, también se aprende.
Y de Lost vaya que aprendimos. Si
algo nos enseñó es que…
Tanto los personajes
como la trama importan.
Una historia puede estar
orientada enteramente hacia sus personajes o sólo dedicada a desarrollar una
trama. Pero pocas logran fusionar ambos modelos narrativos para lograr algo
verdaderamente sagaz. Y Lost lo logró.
Nos presentó tan bien a los sobrevivientes del Oceanic 815 que pudimos sentir
más que aprecio por ellos mientras algo mucho mayor los abarcaba: la gran trama
de la isla y sus misterios que se convirtieron en el contexto ideal para
desarrollar a sus protagonistas. Se descubrían, crecían, cambiaban a medida que
los secretos de la isla se revelaban y complicaban, las tramas se entrelazaban
y todo congeniaba. Lost demostró que
el balance entre un buen argumento y unos buenos y memorables personajes sí es posible.
We have to go back!
Si algo aprendimos de toda esta
travesía es el valor del regresar: volver al pasado para conocer la historia y
trasfondo de cada personaje a través de flashbacks,
volver a ver episodios anteriores para encontrar respuestas, explicaciones ocultas
y pistas para nuestras teorías o volver nuevamente a un lugar para revivir momentos
o terminar asuntos pendientes. Lost
fue en esencia una historia retrospectiva tanto para sus personajes como para
los espectadores, nos obligó a voltear la mirada a lo pasado para poder
comprender el presente y el futuro.
Ver de nuevo el episodio piloto y
encontrar la metáfora del juego de backgammon que John Locke le muestra a Walt para
explicarle la eterna batalla entre el bien y el mal es una gran evidencia de
que el regresar vale la pena, para apreciar esos pequeños pero valiosos detalles
que pudieron haber pasado desapercibidos e incluso, darnos esas ansiadas
respuestas.
Nos somos subestimados.
Hay respuestas en Lost que no son explícitas, pero están
allí esperando ser comprendidas. Los escritores de la serie dejaron muy claro
que para disfrutarla a plenitud había que hacer un esfuerzo por comprender
parte de las cosas que pasaban en la isla. El espectador no sólo se limitaba
a ver, sino a investigar, analizar y descubrir por su propia cuenta.
Por eso no nos subestimaron, al
contrario, nos pusieron a prueba. Nos dieron pistas, teorías falsas, teorías
ciertas y un montón de eventos aparentemente inconexos para que nuestra atención
e interés estuvieran enfocadas en la serie. ¿Por qué un oso polar aparece
muerto en medio de un desierto? Nunca lo explican, pero las soluciones a muchas
dudas están ahí. Sólo hay que buscarlas y pensar.
No debemos esperar respuestas.
El final de Lost no dejó indiferentes. Muchos sintieron la estafa de no
encontrar respuestas a muchas de las interrogantes de la isla y su mitología.
Cuando la ola de críticas y protestas ahogaron a Damon Lindelof y Carlton Cuse,
éstos se refugiaron en un bastante cómodo “no todo en esta vida tienerespuesta”. Un argumento tan lógico cómo barato. Y aun así, irreprochable.
Porque es injusto despreciar toda
esta obra por un final ambiguo. Desde sus inicios ofreció interesantes historias,
sólidos personajes, grandes momentos, refrescó el género televisivo, encendió la intriga y estimuló el estudio y análisis de sus episodios
ganándose un espacio en esa llamada cultura pop.