septiembre 19, 2013

Lo que nos enseñó Lost


A nueve años del estreno de Lost, es imposible no recordarla con nostalgia. Pocos programas aparecen inesperadamente a ofrecer algo tan entretenido, llamativo, complejo y pasional. Era de esas pocas series capaces de generar comunidades para discutir cada capítulo, crear una legión de seguidores y arraigarse en la moderna cultura popular. Era de esas que producían intriga, suspenso, amor u odio al mismo tiempo (sobre todo si aborreciste el final). Fue grande y decepcionante, brillante e imperfecta. Fue una experiencia y como de toda experiencia, sea mala o buena, también se aprende. Y de Lost vaya que aprendimos. Si algo nos enseñó es que…

Tanto los personajes como la trama importan.

Una historia puede estar orientada enteramente hacia sus personajes o sólo dedicada a desarrollar una trama. Pero pocas logran fusionar ambos modelos narrativos para lograr algo verdaderamente sagaz. Y Lost lo logró. Nos presentó tan bien a los sobrevivientes del Oceanic 815 que pudimos sentir más que aprecio por ellos mientras algo mucho mayor los abarcaba: la gran trama de la isla y sus misterios que se convirtieron en el contexto ideal para desarrollar a sus protagonistas. Se descubrían, crecían, cambiaban a medida que los secretos de la isla se revelaban y complicaban, las tramas se entrelazaban y todo congeniaba. Lost demostró que el balance entre un buen argumento y unos buenos y memorables personajes sí es posible.

We have to go back!

Si algo aprendimos de toda esta travesía es el valor del regresar: volver al pasado para conocer la historia y trasfondo de cada personaje a través de flashbacks, volver a ver episodios anteriores para encontrar respuestas, explicaciones ocultas y pistas para nuestras teorías o volver nuevamente a un lugar para revivir momentos o terminar asuntos pendientes. Lost fue en esencia una historia retrospectiva tanto para sus personajes como para los espectadores, nos obligó a voltear la mirada a lo pasado para poder comprender el presente y el futuro.

Ver de nuevo el episodio piloto y encontrar la metáfora del juego de backgammon que John Locke le muestra a Walt para explicarle la eterna batalla entre el bien y el mal es una gran evidencia de que el regresar vale la pena, para apreciar esos pequeños pero valiosos detalles que pudieron haber pasado desapercibidos e incluso, darnos esas ansiadas respuestas.

Nos somos subestimados.

Hay respuestas en Lost que no son explícitas, pero están allí esperando ser comprendidas. Los escritores de la serie dejaron muy claro que para disfrutarla a plenitud había que hacer un esfuerzo por comprender parte de las cosas que pasaban en la isla. El espectador no sólo se limitaba a ver, sino a investigar, analizar y descubrir por su propia cuenta.

Por eso no nos subestimaron, al contrario, nos pusieron a prueba. Nos dieron pistas, teorías falsas, teorías ciertas y un montón de eventos aparentemente inconexos para que nuestra atención e interés estuvieran enfocadas en la serie. ¿Por qué un oso polar aparece muerto en medio de un desierto? Nunca lo explican, pero las soluciones a muchas dudas están ahí. Sólo hay que buscarlas y pensar.

No debemos esperar respuestas.

El final de Lost no dejó indiferentes. Muchos sintieron la estafa de no encontrar respuestas a muchas de las interrogantes de la isla y su mitología. Cuando la ola de críticas y protestas ahogaron a Damon Lindelof y Carlton Cuse, éstos se refugiaron en un bastante cómodo “no todo en esta vida tienerespuesta”. Un argumento tan lógico cómo barato. Y aun así, irreprochable.

Porque es injusto despreciar toda esta obra por un final ambiguo. Desde sus inicios ofreció interesantes historias, sólidos personajes, grandes momentos, refrescó el género televisivo, encendió la intriga y estimuló el estudio y análisis de sus episodios ganándose un espacio en esa llamada cultura pop.

Lost fue toda una experiencia, un recorrido entretenido. La prueba de que a veces se disfruta más del viaje, que el destino.