septiembre 13, 2012

La doble moral del espectador


Mientras miraba Los Soprano, la serie de HBO que narra la vida de un capo de la mafia italiana, sentí como poco a poco los sucesos me invitaban a disfrutar del agridulce sabor de la contradicción.

Toda la historia transcurre desde el indecoroso punto de vista criminal, el incorrecto, el de los malos. Como espectadores debemos someternos a ese estilo de vida hasta asimilarlo al punto de temerle a la simple presencia de la justicia.

La serie creada por David Chase muy sutilmente invita a simpatizar con Tony Soprano, el jefe de la mafia que no siente ningún tipo de respeto por la vida humana y aún así maneja códigos de moral admirables por el compromiso con el que los asume. Pero entre todos los intentos de Soprano por mantener a su familia feliz y sus negocios ilegales estables, la serie también empuja progresivamente a entrar en un conflicto personal y tomar partido. ¿Estar del lado del villano es compartir su inmoralidad?

Se ve al padre de familia y al mafioso convivir juntos, dos figuras incompatibles que generan simpatías distintas. Se pueden llegar a comprender algunas de las decisiones de Soprano, como la de vengar a un familiar abaleado, pero también es imposible no reprochar otras acciones como la de disparar sin piedad al rostro de un joven sollozante. Son cosas totalmente diferentes y que a su vez, van de la mano. Es lo que dificulta encontrar puntos intermedios en ciertas historias.

Así hacen su aparición las contradicciones morales. Dexter es un asesino en serie que acaba con la vida de "malas personas", pero no por eso deja de ser un criminal homicida. Walter White busca reivindicar su vida drásticamente, incumpliendo la ley al traficar metanfetaminas. Don Draper se bandea y asciende en el mundo de la publicidad gracias a su reprochable ética. Tony Soprano se preocupa por su familia y salud mental mientras destruye la vida de personas inocentes. Son personajes cuya falta de integridad los hace atrayentes y hasta despreciables, una dualidad poco común en la cotidianidad.

Sabemos que sus acciones y formas de pensar son moralmente incorrectas. Y aún así, hay un sentimiento que desea protegerlos para verlos avanzar a través de lo que los rodea. Así sea para apoyarlos, para juzgarlos, odiarlos o para saber qué sucede con sus historias, es necesario poder seguir viéndolos. Es una doble moral que la ficción nos permite disfrutar: la de defender lo indefendible.