
Si algo nos engancha a una serie es el gusto por disfrutar de una buena historia, de descubrir interesantes personajes o que nos haga sentir varias emociones.
Con grandes historias es común experimentar reacciones como felicidad, tristeza o nostalgia durante su desarrollo. Pero hay sensaciones tan extremas que pocas historias logran desatar. Sentirlas es inusual y por eso disfrutarlas generan una muy peculiar satisfacción.
El miedo, la ansiedad y la paranoia son algunas de ellas. Son emociones poco gratas en la vida real, pero poder apreciarlas gracias a algo que nos mantiene lejos de peligros verdaderos, como lo puede hacer una ficción bien narrada, es algo que siempre se debe agradecer.
Si raras son estas sensaciones, pocas también son las ficciones televisivas que logran generarlas. Por eso Homeland siempre gozará del reconocimiento por ser una de esas pequeñas grandes subestimadas que logró remover las sensibilidades del espectador de manera vertiginosa y súbita.
Nadie esperaba que la historia personal de la agente Carrie Mathison y su obsesiva búsqueda de la verdad pudiera disparar los niveles de adrenalina y emotividad al verla correr por las calles de Beirut con un turbante. Más aún cuando Homeland es un seriado que concentra muy bien ese patriotismo norteamericano que no envuelve al público internacional tanto como al suyo propio.
La persecución de un fantasma terrorista que amenaza a los Estados Unidos con un ataque extremista parece ser un conflicto demasiado político, demasiado soberano de los norteamericanos como para despertar la misma exaltación en un espectador estadounidense y en uno que no lo es. Sin embargo, lo logra gracias a que es una historia con matices, con grises que esquivan lo político y llegan más a lo humano: un factor común sin importar la nacionalidad.
No sólo hay que agradecer a esta historia que es vertiginosa y emocionante per se. Gran mérito de esto lo tiene Claire Danes en la espléndida representación de la agente Carrie, quien logra conectar al personaje con el espectador y consigue transmitir con sus llantos, gritos y actos impulsivos esos sentimientos de frustración e incomprensión que la embargan.
Los últimos episodios de la galardonada primera temporada y los primeros de su segunda son la mejor prueba del desarrollo y evolución (o involución voluntaria) de su protagonista. Un personaje denso, atractivo, conflictivo, impredecible y a la vez empático. La poca peculiar historia de la heroína incomprendida y el espectador incapaz de defenderla.
Homeland definitivamente es grande por hacernos sentir más allá de lo mismo. Condimenta los momentos con intriga, los retuerce con ataques de histeria, los desata con giros que generan angustia y cuando llega la calma, la destroza disparando la frustración. Ninguna serie reciente ha logrado transmitir la paranoia gringa mejor que esta, haciéndola sentir más humana a través de una desequilibrada Carrie Mathison y a la vez, menos norteamericana.