Cuando A&E
anunció sus planes de realizar una precuela del clásico del cine de suspenso: Psycho, se me erizó la piel. Tampoco hubo calma cuando
anunciaron que Carlton Cuse (Lost) y Kerry Ehrin (Friday Night Lights) serían los escritores responsables del drama, porque los clásicos traen consigo pequeñas
maldiciones y por eso no se tocan. Mucho menos uno que por haber sido dirigido por Alfred Hitchcock forma parte del culto a la obra del director. Reproducir clásicos significa que las comparaciones con la obra original son inevitables, no sólo a
nivel técnico y argumental sino a otro mucho más complejo y subjetivo: el
cultural. Psycho es suspenso, es Marion Crane
en la ducha, la sombra tras la cortina de baño, el sonido punzante y una
angustiosa toma de un ojo sin vida. Psycho
es cultura pop.
Aún así, el
proyecto continuó su marcha hasta conseguir su título y premisa: Bates Motel mostraría la adolescencia de
Norman Bates y cómo se convirtió en uno de los psicópatas más famosos del cine,
afrontando el reto de hacer interesante una historia cuyo final ya está escrito
y que todos conocemos o hemos visto. Todo estaba en su contra y nada era garantía de algo
bueno.
Pero Bates Motel se guardó un as bajo la manga
y se estrenó consiguiendo presentar algo bueno: se arropó en su obra
madre y decidió comenzar homenajéandola.
Después de ver
de nuevo con vida a Norman Bates y a su madre Norma, se nota el primero de los aciertos.
Vera Farmiga y Freddie Highmore poseen una química tremenda para desenvolver el pedazo de trama
que se les avecina: el origen y desarrollo del complejo de Edipo más pop desde el del propio Edipo.
La
representación de Farmiga como la posesiva Norma hace bien en sembrar la angustia
en el tenso clima familiar y se convierte en el intimidante y prometedor
personaje del que poco conocemos por la película y que la serie se atreverá a
indagar. Pero aún más notable es Freddie Highmore, cuya carrera se basa en papeles bondadosos y empáticos, pero esta vez como Norman luce tan ingenuo e
inocente que se siente casi morboso ver (y saber) que poco a poco se irá convirtiendo en
el ser depravado que conocemos.
Con el
vertiginoso piloto también rindió tributo a la emoción que bien supo Hitchcock
manejar: el suspenso. Con violentas escenas y largos momentos de angustia,
inyectó dignas dosis de tensión mientras avanzaba para no dejar lugar a la calma o
al aburrimiento que también se combatió con la detallada recreación de los
escenarios clásicos del film. El
motel y la mansión a su fondo fueron retratados con tan perturbadora exactitud que
parecen perdidos en el tiempo y que además funcionan para intentar sostener la
descabellada idea de desarrollar esta historia en un contexto moderno donde
Norman es capaz de usar teléfonos celulares. Una extraña fusión entre el
pasado y lo actual.
Bates Motel la jugó bien.
Comenzó respetando personajes, sensaciones y escenarios originales y plantó referencias
implícitas en varias de sus escenas como el gran cuchillo afilado, las sombras
en las ventanas o la cortina de baño que oculta la fatalidad. Hizo bien en querer hacerse
estimable para afrontar la justificada suspicacia a su alrededor y poder
presentarse por ahora como un modesto homenaje a la obra que la inspira.