marzo 22, 2013

El regreso de Norman Bates


Cuando A&E anunció sus planes de realizar una precuela del clásico del cine de suspenso: Psycho, se me erizó la piel. Tampoco hubo calma cuando anunciaron que Carlton Cuse (Lost) y Kerry Ehrin (Friday Night Lights) serían los escritores responsables del drama, porque los clásicos traen consigo pequeñas maldiciones y por eso no se tocan. Mucho menos uno que por haber sido dirigido por Alfred Hitchcock forma parte del culto a la obra del director. Reproducir clásicos significa que las comparaciones con la obra original son inevitables, no sólo a nivel técnico y argumental sino a otro mucho más complejo y subjetivo: el cultural. Psycho es suspenso, es Marion Crane en la ducha, la sombra tras la cortina de baño, el sonido punzante y una angustiosa toma de un ojo sin vida. Psycho es cultura pop.

Aún así, el proyecto continuó su marcha hasta conseguir su título y premisa: Bates Motel mostraría la adolescencia de Norman Bates y cómo se convirtió en uno de los psicópatas más famosos del cine, afrontando el reto de hacer interesante una historia cuyo final ya está escrito y que todos conocemos o hemos visto. Todo estaba en su contra y nada era garantía de algo bueno.

Pero Bates Motel se guardó un as bajo la manga y se estrenó consiguiendo presentar algo bueno: se arropó en su obra madre y decidió comenzar homenajéandola.

Después de ver de nuevo con vida a Norman Bates y a su madre Norma, se nota el primero de los aciertos. Vera Farmiga y Freddie Highmore poseen una química tremenda para desenvolver el pedazo de trama que se les avecina: el origen y desarrollo del complejo de Edipo más pop desde el del propio Edipo.

La representación de Farmiga como la posesiva Norma hace bien en sembrar la angustia en el tenso clima familiar y se convierte en el intimidante y prometedor personaje del que poco conocemos por la película y que la serie se atreverá a indagar. Pero aún más notable es Freddie Highmore, cuya carrera se basa en papeles bondadosos y empáticos, pero esta vez como Norman luce tan ingenuo e inocente que se siente casi morboso ver (y saber) que poco a poco se irá convirtiendo en el ser depravado que conocemos.

Con el vertiginoso piloto también rindió tributo a la emoción que bien supo Hitchcock manejar: el suspenso. Con violentas escenas y largos momentos de angustia, inyectó dignas dosis de tensión mientras avanzaba para no dejar lugar a la calma o al aburrimiento que también se combatió con la detallada recreación de los escenarios clásicos del film. El motel y la mansión a su fondo fueron retratados con tan perturbadora exactitud que parecen perdidos en el tiempo y que además funcionan para intentar sostener la descabellada idea de desarrollar esta historia en un contexto moderno donde Norman es capaz de usar teléfonos celulares. Una extraña fusión entre el pasado y lo actual.

Bates Motel la jugó bien. Comenzó respetando personajes, sensaciones y escenarios originales y plantó referencias implícitas en varias de sus escenas como el gran cuchillo afilado, las sombras en las ventanas o la cortina de baño que oculta la fatalidad. Hizo bien en querer hacerse estimable para afrontar la justificada suspicacia a su alrededor y poder presentarse por ahora como un modesto homenaje a la obra que la inspira.

La otra faceta de Elisabeth Moss


El entorno laboral de las oficinas de una agencia de publicidad en una época machista y opresiva siempre ha sido el escenario en el que Elisabeth Moss le ha dado vida a la queridísima Peggy Olson en Mad Men. Estamos habituados a la chica tímida pero osada y dispuesta a perseguir sus sueños, a la que apreciamos y conocemos cada vez más con sus desaciertos y pequeños grandes triunfos. Por eso verla en un entorno radicalmente diferente y con otro temple, sorprende y resulta más refrescante que chocante.

En una serie imprevista y poco anticipada como Top of the Lake, Elissabeth Moss adopta otro porte y se convierte en Robin, una mujer muy diferente a la que nos cautivó. Una perspicaz detective que ejerce su labor como un aparente “ángel vengador”. Firme, audaz y silenciosa.

Como una agente especializada en casos infantiles, Robin regresa a su ciudad natal donde le corresponderá investigar un nuevo caso: la desaparición de Liu, una joven de doce años presunta víctima de violación e hija de uno de los delincuentes más notables del pequeño poblado, decadente y frío.

Ya la gran agencia no está. Ahora el ambiente protagonista es denso y sombrío, uno que recuerda mucho (tal vez demasiado) a The Killing y Twin Peaks porque casualmente se ajusta perfectamente a sus historias que también guardan en común a las jóvenes asesinadas en pueblos tristes y extraños.

Pero a pesar de que este murder mystery drama no es innovador, atrapa. Al ser una coproducción norteamericana,  británica y australiana trasmitida por cadenas como Sundance Channel, UKTV y BBC Two se nota que es una miniserie que no se siente comprometida con las grandes audiencias y que tiene muy clara su propia personalidad, fondo e intención. Por eso se ajustó a la dirección de Jane Campion e intentó otorgar el protagónico a Anna Paquin, pero al rechazarlo por su embarazo le permitió a Moss tomar el papel donde se convierte en una mujer imperturbable y alejada de la Peggy Olson de siempre, demostrando que puede ajustarse a un personaje denso que no estuvo pensando para ella. 

Su representación atrae e irrumpe como el respiro de lógica en un entorno lleno de personajes pintorescos como una cofradía feminista que hace vida a orillas del lago, un equipo policial indiferente al crimen y unos habitantes evidentemente dañados. Todo se conjuga en la promesa de una Robin navegando en un misterio turbio, decorado con tonos opacos y fríos escenarios neozelandeses que derrochan la amargura necesaria para crear el clima ideal para la realidad perturbadora que se oculta en las aparentemente pacíficas montañas que bordean el gran lago del pueblo.

Inesperado: el misterio de Top of the Lake es otra de esas sorpresas de temporada. Es otra premisa envolvente, un trabajo técnico diferente y el placer de ver a una protagonista revelarse multifacética. 

marzo 18, 2013

Banshee, el pueblo de los enigmas


A estas alturas del partido, si me preguntan de qué va Banshee, aún luego de haber visto su piloto y un par de episodios más, no sabría muy bien qué decir.

Alan Ball, luego de su gran Six Feet Under y la desatinada True Blood, llenó de interesantes expectativas a Banshee, la apuesta con la que Cinemax busca competir en el ramo de series televisivas contra las networks y los demás canales de cable. Una tarea nada fácil, con amigos como AMC y HBO.

Así que con tal presión sobre sus hombros, aparentemente Ball optó por presentar algo explícitamente retorcido y sombrío, con algunos detalles que buscan remover el morbo y animar lo controversial.

Comenzamos con la salida de la cárcel de un hombre que emprende de inmediato la búsqueda de algo que perdió en su pasado, lo que lo llevará a un pequeño pueblo viciado. Nada aparentemente extravagante, hasta que el ex convicto se ve envuelto de repente en una descabellada persecución al mejor o peor estilo hollywoodense (con autobús volcado incluido) que parece presagiar un disparate. Pero así como ocurre todo tan rápido, rápido se calma y Banshee comienza a cumplir conforme va esbozando algunos personajes, presentando con abrebocas ciertas tramas y lanzando un puñado de interrogantes.

Mientras su búsqueda avanza en este pueblo perdido, la historia se va llenando de personajes pintorescos y pervertidos que le dan vida a la trama que mezcla lo mejor del las B Movies y lo peor de un drama pretencioso. Nos tropezamos con un líder criminal devoto de Cristo, agentes malvados con tatuajes de arañas, una ama de casa ex criminal, un alcalde ridículamente joven y mi favorito, un peluquero travesti que en realidad es un súper hacker.

Con sólo esto, podría decirse que Banshee es un disparate sobre un hombre enigmático con un pasado delincuente, un clan criminal, un pequeño pueblo corrupto, una secta religiosa o todas las anteriores. No está claro, es difícil vislumbrar cuál es el rumbo que tomará la serie cuando su protagonista tampoco tiene muy claro cuál es su rumbo propio. De no ser por la persecución que se le avecina, de repente todo quedaría en un extraño limbo.

¿De qué va Banshee? Por ahora es una larga presentación de un personaje enigmático y sin carisma, con un propósito igual de misterioso y un futuro indescifrable. Es decir, un completo enigma que por lo menos inquieta por ser tan mediocre como su prima True Blood, y estimula ese gusto por el mal gusto. Alan Ball lanzó la carnada. A ver qué logra pescar. 

Dios salve a la reina Regina


Se podría considerar que la forma más fácil de generar empatía es la lástima. Más aún luego de haber visto cómo el personaje de Regina en Once Upon a Time ha sido machacado sin contemplación capitulo tras capitulo en la segunda temporada.

Impresionante es ver cómo los escritores de la serie han logrado arrebatarle todo al personaje de La Reina, tanto que la madre de Bambi en su lecho de muerte genera risa comparada con el sufrimiento y rechazo constante que ha venido soportando la alcaldesa de Storybrooke. Una cosa excesiva.

El villano explícito de la historia, se ha convertido en  el personaje que genera más compasión que otra cosa, sobre todo por ser la ahora solitaria, desterrada, eterna outsider que siempre acapara la simpatía de la mayoría. 

No era difícil presagiar que ella sería el personaje incomprendido de toda esta historia. Después de seguir el desarrollo de la trama es fácil llegar a la conclusión de que si alguien le sobran razones para ejecutar una venganza es a Regina: perdió al amor de su vida (dos veces), perdió su reino, a su familia y perdió el cariño de su hijo adoptivo que crió desde bebé. Vamos, que no sólo tiene razones, tiene el derecho de cobrar justicia por su cuenta.

Soy de los que cree que Blancanieves (Ginnifer Goodwin) sufrió la venganza más merecida de todas. No sólo por hacernos soportar sus malas actuaciones semana tras semana, sino por ser indudablemente la razón principal de todas las desgracias de Regina desde que apareció en su vida. Si tan sólo se hubiese guardado sus imprudencias y callado la boca, nada hubiese pasado y esta serie ya tendría su final feliz. Pero no, aún tenemos que soportar a Mary Margaret y sus dramas que no lo son nada.

El único justificativo posible del maltrato repetitivo que La Reina ha venido sufriendo a lo largo de la temporada es que se trate de un largo tramo de reivindicación para su personaje y no sólo ensañamiento de los escritores, porque lo que le están haciendo pasar a la pobre mujer ya roza seriamente en el bullying argumental.