abril 23, 2013

Hemlock Grove: orgía de adolescentes sobrenaturales.


Cuando Netflix, el servicio pago para ver series y películas vías streaming, anunció su deseo de comenzar a desarrollar contenido propio, el abanico de posibilidades se disparó. Ya no sería sólo un proveedor, sino que se convertiría también en un productor y competidor en el ramo de ficciones televisivas. El riesgo, innovador por donde se le vea, comenzó con una apuesta ambiciosa: House of Cards protagonizada por Kevin Spacey. Un drama político que a la crítica agradó y que recibió elogios por ser la serie pionera en crearse exclusivamente para esa nueva modalidad de disfrutar la televisión “donde quiera y cuando quiera”.

Con esto Netflix comenzó el 2013 rompiendo paradigmas en la forma de ver televisión. Y para el resto del año se preparó con otras apuestas como la resucitación de Arrested Development con una 4ta temporada y una serie del género de terror: Hemlock Grove, su segunda producción original, liberada el 19 de abril a nivel mundial, con todos sus episodios disponibles.

Al ser la próxima jugada luego de la celebrada House of Cards, era inevitable echarle un vistazo. Pero más inevitable fue sorprenderse con lo que resultó ser. En Hemlock Grove un nuevo año escolar comienza con el feroz y misterioso asesinato de una de las porristas de la secundaria. La brutal escena del crimen impacta tanto al pueblo que se comienza a rumorar que el asesino de la joven no puede ser otra cosa que una criatura descomunal: un hombre lobo, un perro diabólico, un demonio en cuatro patas… Rumores que dan pie a que un grupo de jóvenes con facultades sobrenaturales comiencen una investigación paralela para descubrir al asesino, o descubrir que tal vez fue uno de ellos quien lo hizo.

Eso en un principio. Ya luego describir Hemlock Grove puede ser complicado y engorroso, resulta mucho más sencillo semejarlo a una mezcla de ese bodrio sobrenatural y exagerado que es True Blood con las desventuras hormonales y adolescentes de la saga Twilight. En efecto: de terror.

Uno puede imaginarse que lo que se viene es uno de esos sinsentidos al notar que está plagada de personajes extravagantes: hombres lobos gitanos, vampiros wanna-be, médiums, científicos locos y hasta niñas gigantes y deformes que brillan en la oscuridad. A pesar de que Famke Janssen (Nip/Tuck) y Lili Taylor (Six Feet Under) formen parte del elenco de protagonistas o que Eli Roth forme parte del equipo de producción (Hostel, Grindhouse), de poco sirven cuando se pierden profundamente entre tanta incoherencia repentina. 

Todo es confuso y abrumador. Hemlock Grove intenta sostenerse en un montón de tramas de diferentes niveles, unas adolescentes y otras mucho más adultas que chocan constantemente sin dirección. Es difícil seguirles el hilo porque además de ser tan distintas, su ritmo y lenguaje también lo son. Sólo queda la promesa de que al final todas convergerán coherentemente en un mismo punto. Pero antes debemos ver a la trama pasar de provocadora a cursi o de irreverente a melodramática en instantes, convirtiéndose en una cosa ridículamente graciosa y entretenida, pero ridícula al fin.

Para su fortuna no tiene por qué preocuparse por las bajas audiencias o críticas destructoras. Sus trece episodios ya están grabados y disponibles para quien quiera verla en Netflix, que reserva sigilosamente la cantidad de reproducciones de la serie y sus capítulos (lo más cercano a tener un índice de audiencias en esta nueva modalidad de ver TV), resguardándose de hacer público su éxito o fracaso. 

Pero una imagen vale más que mil palabras. Nada como una de las escenas más distintivas de la serie para representarla por completo; la transformación de hombre a lobo es dramática, exagerada, grotesca y tonta a la vez. La mejor descripción de Hemlock Grove en un clip.

abril 18, 2013

Poe ríe en su tumba


Fox necesitaba un éxito y tenía que arriesgarse. Tomó a Kevin Bacon y a su trayectoria, lo emparejó con un antagonista macabro y los vertió en un thriller policial de esos que suelen dar en el blanco… Y así nació The Following.

Para mi, toda una nueva adicción próxima a convertirse en pura distracción de la fácil y buena. En The Following, Kevin Bacon es Rick Hardy, un agente retirado del FBI que es llamado como consultor de su agencia ante un suceso inesperado: el asesino serial que había atrapado hace años ha escapado y necesitan de su ayuda para encontrarlo. El asesino, un profesor de literatura obsesionado con la obra de Edgar Allan Poe, se las ha ingeniado para crear todo un culto a su alrededor estando en la cárcel y ha reclutado en su secta personal a varias personas que están dispuestas a obedecer sus órdenes, ejecutar sus planes y sobre todas las cosas: matar.

Una cosa retorcida de esas que siempre despiertan interés. Desde un principio no escatima en sorpresas para atrapar la atención, porque mientras más avanza la caza de Hardy contra su asesino/archienemigo, la trama se va llenando de acción, intriga y misterios.

El inconveniente es que no hay que ser un erudito para saber que estas historias de persecuciones están limitadas por el tiempo. Se sabe, se teme. Es un reto mantener vivo por muchos episodios (o peor aún, temporadas) un juego del gato y el ratón sin que se convierta en algo cansino o intolerable.  Y lamentablemente The Following lo promete.

Hasta ahora ha sabido mantener su ritmo vertiginoso, su aura perturbadora y su toque gore.  Pero también ha comenzado a demostrar que está plagada de artimañas argumentales como las repentinas y constantes relevaciones de los seguidores del culto (cuando un personaje “inesperado” resulta ser miembro de la secta) o ese triángulo amoroso en la cabaña que se convirtió en todo un placer culposo adolescente. Puros trucos efectistas y repetidos que funcionan para entretener. Y funcionan correctamente.

Para bien o para mal, la serie tiene mucho para sostenerse: sus estrellas, su trama medio-basada en la obra de un grande de la literatura de terror, su muy ligera muestra de barbarie o sus constantes alzas; pero todo apunta a que a la larga se transformará en un absurdo sin una pizca de credibilidad.

The Following no es grande, pero es buena. Porque aunque tiene momentos inverisímiles, exagerados y hasta cursis, no deja de ser entretenida. Y entretenidas es todo lo que algunas series necesitan ser. 

abril 03, 2013

Los sobrevivientes que merecían morir

Esta entrada contiene spoileres de la 3era temporada de The Walking Dead
Cuando una temporada de The Walking Dead termina, es inevitable no ponernos reflexivos al respecto. En parte por sentirnos nuevamente engañados por la esperanza de encontrar una verdadera razón para continuar viendo con ganas la serie y por otra parte, porque no nos queda de otra: es eso o aceptar que perdimos el tiempo.

Así que para meditar sobre ella hay que hacerlo sobre su único hecho concreto: The Walking Dead se sustenta bajo la promesa de la muerte. O de que alguien morirá. Por eso en sus finales de temporada siempre ofrecen un destino fatal para alguno de los personajes relevantes. Pero la cuestión no es si morirán o no, porque todos están condenados de alguna manera. Lo que vale la pena cuestionar es si aún intentando sobrevivir, merecen morir; y la mayoría de las respuestas comienzan con un contundente sí. La prueba: varios de los caídos en la tercera temporada.

El duelo entre zombis y dragones


El asunto no es si el regreso de Game of Thrones fue grandioso o si el final de The Walking Dead una decepción. El asunto es que ambos dramas fantásticos por primera vez se enfrentaron en un duelo televisivo de proporciones épicas al transmitirse el mismo día, a la misma hora.

Cuando se anunciaron la fecha de estreno y culminación de cada una de estas series fue imposible no vaticinar uno de esos típicos duelos de “quién la tiene más grande” entre AMC y HBO, las cadenas que las transmiten. Además, cada programa arrastra frenéticas y fieles fanaticadas que prometían logran buenos números de audiencia.

El choque entre dos fenómenos culturales midiéndose en la misma franja horaria era anticipado y trajo como resultado un hito importante a considerar. The Walking Dead se despidió con más de 12 millones de espectadores y Game of Thrones comenzó su nuevo ciclo atrayendo a más de 4 millones, un número que se duplica cuando se le suman las transmisiones en diferido y las vistas en el servicio online de la cadena. En total, ambas rompieron records para sus canales, alcanzando puntos históricos de rating.

Dos números gruesos para canales de cable, uno regular y otro premium (de paga), que aún comparándolos son bastante gratificantes para ambos. A eso sumándole que The History Channel presentaba el mismo día el final de su exitosa miniserie The Bible con 11 millones de espectadores, en total, tres cadenas de cable atraparon a más de 30 millones de personas frente a sus televisores.

Una cifra abrumadora para producciones ambiciosas que no sólo sirvió para dibujar sonrisas en los ejecutivos de las cadenas, sino para demostrar el poderío de los canales de cable norteamericanos ante las networks que apenas sobrepasaron los 5 millones. En la lucha entre dragones y zombis sólo hay un ganador: los canales de cable que sólo dejaron las sobras para los canales de televisión abierta; una estocada más a sus programaciones y producciones de calidad tambaleante y otra advertencia de que ahora hay un público más exigente, o bien, más decido a otorgar su tiempo al mejor postor y no al mero entretenimiento.

The Amazing Race, comunismo y la intolerancia norteamericana


The Amazing Race es uno de los pocos programas de telerealidad que aporta mucho más que drama y peleas de gatas. Es un verdadero recorrido por diferentes escenarios naturales y culturales que invitan a descubrir el mundo de manera entretenida. Pero así como es reflejo de lo bueno de la realidad, también lo es para lo peor de la misma.

El más reciente ejemplo ocurrió durante su 22da temporada cuando para continuar con su recorrido los equipos tuvieron que viajar a Vietnam, un país con el que Estados Unidos tiene una historia delicada que involucra una guerra asimétrica que dejó un saldo aproximado de 60.000 norteamericanos caídos. Un trasfondo político y cultural que sirve como el condimento perfecto para que un programa de televisión estadounidense despierte la controversia.

En los retos de ese tramo de la carrera los equipos se enfrentaron a dos escenarios. El primero, un teatro donde debían escuchar a un grupo de jóvenes afiliados al Partido Comunista de Vietnam cantar un himno que vanagloriaba las bondades del socialismo y su país. Más adelante, los equipos tendrían que buscar una pista con el B-52 Memorial como fondo, un espacio conmemorativo de la guerra que resguarda los restos de un helicóptero B-52 caído, perteneciente al ejército norteamericano.

Era un recorrido inevitablemente plagado de indicadores de la guerra  y de la ideología de un país comunista: la antítesis y amenaza por excelencia del american lifestyle. Indicio suficiente para encender las alarmas de los radicales que en tan sólo días acusaron a la CBS de tratar de implantar ideales comunistas a las familias estadounidenses y de ofender a los veteranos de guerra al mostrar de manera “superflua” el helicóptero caído. En cadenas abiertamente republicanas como FOX, el tema dio para ratos. En sus programas de opinión y varios foros online se tildó a los productores del show de insolentes e idiotas que desaprovecharon la oportunidad de instruir a su público con algo de historia (desde el punto de vista norteamericano, claro está).

El sobredimensionado sólo sirvió para dejar en evidencia una preocupante intolerancia estadounidense a todo lo que sea diferente a su realidad, aún cuando la esencia de The Amazing Race siempre ha sido el presentar otras culturas, entornos e ideologías distintas a las de nuestra cotidianidad (o a la norteamericana en este caso). Pero ante un fanatismo nacionalista como el de Estados Unidos, a veces estas demostraciones se convierten en una ofensa que manifiesta su carencia de tolerancia a las diferentes formas de pensar.

El objetivo explícito de un reality show es el de entretener a través de lo real. Estos no tienen (ni tendrán) el compromiso de educar o instruir a sus espectadores. The Amazing Race lo hace con frecuencia porque forma parte de su concepto y atractivo, pero bien podría carecer de todos los adornos culturales que utiliza y presentar parejas corriendo y sudando en pruebas físicas hasta llegar a una meta y sería básicamente lo mismo.  Pero no lo hace y es por eso que es tan valioso su aporte al género, porque da para hablar, debatir y despertar el interés en temas como el comunismo y los reality shows, al mismo tiempo.